martes, 12 de julio de 2011

Conociendo a Azar.

Hace poco leí un estado de un conocido "Las melodías que escuchamos, son los reflejos de nuestro estado de animo emergente", pues bien, esta es la mía y se la dedico a todo aquel que no supo apreciar lo que voy a relatar.

Solo miraba el amanecer, una cálida y poderosa luz se abría paso entre los fríos abrazos del clima. Era casi como observar el nacimiento de un ser invisible pero mágico, que se imponía ante el mundo, retándolo a que lo parasen y sabiendo que jamás lo conseguirían.
Mientras me mantenía sentado con las rodillas como reposabrazos a la altura de mis hombros, veía como pasaban personas a una gran velocidad, eran como sombras para mis ojos pues estos estaban fijados en el ser mágico de fuego.
Una de esas sombras se sentó a mi lado portando una máscara color de la leche sobre el rostro, ¿quien era? No lo sabía en ese entonces, así que decidí preguntárselo. Me dijo que él tenía muchos nombres y muchas apariencias, y que podía llamarle Azar.
Volví a mirar al ser mágico y pregunté que porque se había sentado al lado mío. Me contestó que era un sitio público, podía sentarse donde quisiese. ¿Un sitio público? ¿Acaso mi subconsciente estaba jugando donde no debía? Eso no era un sitio público, eso era mi mente. No existían esas personas delante mía, eran puras sombras de mis recuerdos, ese parque, era una creación de mi imaginación. Eso no era el mundo real. Robé el amanecer y me lo llevé a mi mente para poder observarlo tanto tiempo como quisiese mi caprichoso ser, de manera tranquila y aislada, quería recorrer todo detalle de aquella escena.
Azar empezó a hablarme, yo no parecía escucharle, pero sus palabras fueron escuchadas con gran atención. Me explicó que él era todo aquello que yo viví con alguien. Que él siempre estaba conectado a mí en la vida de mi día a día. Me contó que él fue mi familia, y su rostro y voz cambiaron al de mi madre. Azar giró su cabeza y me dijo, también fui tu mejor amigo, y se transformó en él. Se levantó y miró al Sol, estaba en lo alto del cielo, sin poder alcanzarme con su luz, la sombra de un árbol junto al banco me resguardaba de sus dedos dorados, cubriéndome mi todo en un tono sombrío. Azar se transformó entonces en A, y susurró también, que fue mi primer amor y también el último, y justo su apariencia volvió a cambiar al del chico de ojos azules como el mar más cristalino. Azar repitió su metamorfosis para ahora ser 12, quien dijo que fue también todas aquellas personas que me utilizaron para ponerse en pie, para volver a vivir sonrientes, a las que ayudé y que luego me tiraron al barro, abandonándome sin compartir su felicidad y dejándome devorado por el olvido. Tomó ahora la apariencia y voz de mi alma gemela y me dijo mirándome ahora de frente, que también fue la gente que nacieron gracias a mí y demostraron al mundo quienes son, que son fuertes y que no volverían a ser aplastados, que comparten desgracias y gracias conmigo, sin abandonarme. Ahora mutó en Princesa y me explicó que fue también las personas que me quieren y me añoran sin tener vínculo de sangre. Azar mantuvo esa forma para decirme que nunca se alejaba de mí, que él era todo aquella persona con la que yo vivía alegrías, penas, tramas, miedos y más cosas. Él era algo que siendo parte de mí, no me obedecía.
Finalmente, Azar se convirtió en un ser de llameante pelaje oscuro, un ser que ya no estaba conmigo, un ser que me abandonó sin poder oponerse a la figura de la parca. Ese ser, era Gala, era mi perra. Estaba tan viva, brillaba para mis ojos como cuando vivía, era como tenerla en carne y hueso, como si nunca se hubiese ido. En mi mente sonó la voz de Azar pero la oía de forma como si fuese ella, como si me hablase Gala. Me relató que fue todo ser que tuvo que abandonarme sin remedio y que siempre me acompañaría aún estando en otro mundo. Se acercó lentamente a mí, notaba su alegría, su cola estaba moviéndose enérgicamente y su boca abierta creando una sonrisa canina. Estiré la manó para tocarla y en cuanto alcancé su aura, me levanté rápidamente para abrazarla, pero todo lo que quedó, fue nada. No había resquicio, solo un túnel de aire, abriéndose paso entre las hojas secas y la arena roja bañadas bajo la luz del crepúsculo. Como aquella vez en el mundo real, dejándome otra vez solo con mis desgastados recuerdos y las lágrimas de un niño en un cuerpo maduro.